La idea de que un dispositivo como Muse pudiera convertirse para un atleta en lo que ha sido un monitor de frecuencia cardíaca durante los últimos treinta años ya no es una hipótesis futurista. Es una evolución natural. El corazón ha aprendido a comprender el esfuerzo. El cerebro comenzará a detectar la calidad de ese esfuerzo, lo cual es otra historia.
Para un atleta, la diferencia no radica en entrenar más o menos, sino en entrenar con una mente que conoce su estado. El pulsómetro indica cuánto paga el cuerpo por el movimiento. Muse revela cómo la mente sostiene ese movimiento. Dos dimensiones que hasta ahora se han combinado con la intuición. A veces con suerte, otras con cierta aproximación.
El atleta que aprende a interpretar sus olas descubre que la aptitud física no es lo único importante. También hay aptitud mental en cada sesión. A veces te encuentras en un estado de concentración inestable cuando tu cuerpo está listo, o en una calma excesiva cuando se necesita una postura más reactiva. Muse hace visible lo que siempre se ha percibido vagamente.
La fuerza de este cambio no reside en la tecnología en sí, sino en la capacidad de conectar a la perfección el entrenamiento, la recuperación y el estado mental. Es la evolución natural de la monitorización deportiva. Ya no se trata solo de ver cuánto te esfuerzas, sino de comprender cómo navega tu mente mientras te esfuerzas.
Es probable que pronto, ponerse un electroencefalograma antes de una sesión sea tan común como usar un pulsómetro. Este hábito silencioso permite a los atletas saber no solo la distancia que corren, nadan o golpean, sino también cómo su mente acompaña cada movimiento. Esta cualidad adicional pronto se volverá indispensable.

